Como en Cuaresma por primavera, cuando llegan los primeros días del verano, se abre la ‘veda’ para las oposiciones.
Es como una llamada a la búsqueda de un puesto de trabajo dentro de la administración. Cientos de miles de personas, en estas fechas, se presentan a lo que vulgarmente se conoce como OPOSICIONES. Las hay de todo tipo y para todos los gustos y profesiones, a veces dispares, extrañas y con sus anécdotas correspondientes. Lo interesante de esto es contar aspectos humanos que en ella se dan.
Empecemos por el Tribunal. Cinco personas que, sin saber por qué les toca a ellos, exceptuando quienes lo piden voluntario, se ven envueltos, durante un tiempo que ya tenían programado para hacer cosas, en una responsabilidad necesaria. Algunos no pensaban que les podía tocar, ni siquiera habían visitado el espacio en el que se decide, oficialmente, su nominación. Un fax, un par de días antes de que se constituya el tribunal, es el documento que les deja ‘helados’ y, buscando los medios legales para librarse, se presentan en lo que será su sede oficial.
Ya que no hay otra solución, se empieza el trabajo de los vocales, secretarios y presidentes. Leyes, convocatorias. ¡Un ponerte al día de todas las cuestiones legales! Se ha de atender, con todo detalle, sin fallos, a esas personas que quieren una de las pocas plazas que se ofrecen.
El opositor. Personaje sufrido, nervioso, que no puede aguantar más su situación de estrés, angustia, incertidumbre, incluso en el momento de que le llama el día de ‘la presentación’, que equivale a la primera ‘procesión’, donde las manos no pueden ni mantener el carné de identidad, o el propio personaje no sabe si tiene piernas o flanes que aguantan como pueden. Sus cerebros están entre si saben lo que tienen que saber o ya no saben lo que deben de saber.
Se hace eterno, se pasa el primer trago, se ven caras conocidas, aquel o aquella compañera, por cierto que está más gorda, será por estar tanto tiempo sentada. ¡Mira tú, ese que no daba palo al agua ahora seguro que aprueba! Las cábalas se multiplican, los miedos no se disipan, sigue la angustia. Hay otro día que presentarse para el examen… ¡El tribunal! ¿Quién es? ¡Me ‘suena’ su cara!
Las oposiciones se llevan, como digo, como procesiones, para unos y para otros, lo malo es que son muchos seres los que se quedan con la desilusión de no aprobar, posiblemente por fallos personales, pero también porque no hay las plazas suficientes. Otros ‘resucitan’, obtienen una plaza, un trabajo. ¡Qué suerte! Con lo mal que está la cosa, algunos que fueron elegidos para tribunal se quedan con el mal sabor de ver que no puede darse tantas plazas como opositores, pero por lo menos colabora con paliar, si es que esto es paliar, un poco tanto paro.