Me comentaba una amiga que escribiera sobre los mayores y eso es lo que voy a hacer.
El envejecimiento se ha convertido en un problema social, no porque suponga para este colectivo una crisis de identidad, de pertenencia y de autonomía o la acentuación del miedo a una vida que se va a ver truncada por el proceso de vejez-enfermedad-muerte. Es un problema social marcado por una sociedad que entiende que lo no productivo es una carga o una amenaza para los estados, cuya política es seguir realizando recortes.
Esta asociación entre envejecimiento y problema, se ha trasladado a la familia, en general. Una persona mayor se concibe como una carga familiar, que puede impedir el disfrute de los hijos. No es de extrañar que en los periodos vacacionales, aumente el número de hospitalizaciones de personas mayores. Sin olvidar, que el futuro de nuestros mayores se ha fijado en las residencias, no por voluntad de nuestros mayores, sino por una visión productivista y hedonista de la vida, que nos lleva a arrinconar o aparcar todo aquello que impida nuestra comodidad y nuestro confort, aunque sean nuestros padres y madres. Ellos sufren cuando les hacemos ver que son una carga o que nos peleamos por la herencia y lo que era una familia unida salta por los aires por ver quién tiene más derecho en la herencia.
Hay que reconocer que el mundo de las personas mayores presenta déficits lógicos por el declinar fisiológico y psicológico como son: la soledad (muerte de familiares y amigos), la nostalgia, la angustia y la depresión ante la impotencia del final de la vida, el escapismo, la marginación (muchos jubilados ya no se sienten útiles), la necesidad de cariño por la aparición de enfermedades y de la inseguridad, la convivencia marcada por la diferencia generacional y la economía (pensiones que no dan para vivir dignamente). Pero reconocer estas limitaciones no anula reconocer con la misma intensidad que existen nuevas perspectivas para seguir creciendo como personas.
Todas la etapas de la vida (infancia, adolescencia, juventud, adultos) tienen su dificultades y sus posibilidades. Pero, nuestra época se caracteriza, entre otras cosas, por el mito de la eterna juventud, que hace que se viva la adultez y la vejez como etapas de pérdidas y no como etapas de distintas posibilidades.
Frente a esta concepción, se encuentra la visión de la vejez como un tiempo para la esperanza y la solidaridad. Los mayores nos pueden ofrecer su sabiduría, su experiencia, son la historia viva que supera cualquier manual de la historia reciente. Pueden dedicar su tiempo a cuidar a los nietos, pieza importante para la incorporación de la mujer al mundo de trabajo. Pueden dedicarse a tareas sociales, seguir aprendiendo a través de la educación de adultos. Por tanto, la vejez no debe ser sinónimo de apatía, de aislamiento, de apagamiento, de exclusión. Pueden seguir disfrutando de las relaciones humanas, de su sexualidad, de su aportación a la sociedad como mayores. La postración fisiológica y psicológica no conlleva la postración social. Las personas mayores tienen el derecho y la obligación a la participación social desde sus carencias y posibilidades. En definitiva, tienen el derecho a sentirse personas queridas y arropadas por la familia desde el cariño y el respeto hasta que llegue su último respiro y cuando no estén ya con nosotros, recordarlas con el corazón y aprender de sus vidas y que también es una forma de recuerdo. |