• Guillermo el del Madroñal •
El Relato Por fin llegó la lluvia
Día 11 de mayo, Pascua de Pentecostés, ha amanecido lloviendo. Yo me levanto todos los días antes de las 7, hoy un poco antes al oír la bendita lluvia. Desayuno un poco de pan tostado con aceite virgen de oliva y me pongo a escribir en una humilde cuartilla algo que he recordado en la cama. Hoy estoy muy contento, como la mayoría de mis conciudadanos, porque ya lo dice el refrán: "cuando llueve, todos nos mojamos". Mañana iré a mi campo, que es todo de secano, y las hojas de mis árboles me sonreirán lubricadas por la bendita lluvia, mi mayor alegría.
Yo nací en el campo, en el año 1923, hijo, nieto y bisnieto de agricultores, bajo la dinastía del arado y la azá. La mecanización entonces, ni pensado. Viví en el mandato de Aniceto Alcalá Zamora enzarzado siempre en el interminable trabajo del campo, como tantos y tantos de las familias campesinas, sin escuela, luz eléctrica o agua potable: sólo la burrica y cuatro cántaros; mientras el modesto ciudadano tenía a su alcance y gozaba de esos "privilegios", y médico y farmacia a pocos pasos de su casa, mientras este otro era tenido como paleto o "tonto del campo". Mas no importa, ya lo dijo el sabio: del campo también pueden salir personas ilustres.
Son las nueve de la mañana y sigue lloviendo. Se dice que por mucha agua, nunca es mal año. ¡Ese bendito 11 de mayo!, que también tiene su viejo refrán: cuando recibimos un regalo o una cosa nos sale bien, se dice "qué bien me ha venido, como agua de mayo".
También en dicho mes había una costumbre o rito por parte de la iglesia, que era por las mañanas, tras el toque de misa, si mal no recuerdo, el campanero, magistralmente hacía sonar las campanas con la siguiente frase: "Agua, sí, piedra, no; agua, sí, piedra, no...", como protección al campo y sus cosechas.
Para el labrador, la lluvia es la bendición de sus tierras, la madre de sus cosechas, que según un dicho de éste, todas las necesidades, tributos y menesteres de su familia tenían que pasar por la media fanega. Significaba que si no había cosecha, no había trigo para medir y vender.
Yo, como agricultor labrador, tengo una larga experiencia desde que tuve uso de razón, siempre aferrado al duro trabajo de la tierra, como otros tantos y tantos de la familia campesina, viviendo sin luz eléctrica, agua potable ni cuarto de aseo, y cultivando fincas ajenas al 50% con el dueño. Ley establecida por ¿quién?
Segunda lluvia
Día 9 de junio, fiesta de la Región. Son las dos de la madrugada y aparece otra torrencial lluvia. Yo me despierto al oír el agradable susurro de ésta sobre el pavimento y las chapas de los coches. Entreabro un poco mi ventana y contemplo unos minutos esa bendita agua que nos envía la Providencia, tan beneficiosa para nuestros campos y huertas, para embalses, acuíferos, aljibes del campo, incluido el mío. También para la salud pública: se lavan los tejados, las calles; el agua arrastra las colillas, los excrementos de los perros en las calles y aceras, el "smog" del humo de los coches. Lo único que no sufre deterioro son las pintadas en las paredes y repisas en la Plaza de Abastos, hechas por aspirantes a Dalí. De modo que allí siguen expuestas al visitante. También en los alrededores continúan adheridos a perpetuidad los chiches tirados al pavimento, resistentes a la lluvia.
(¿Tenemos que perdonarlos porque no saben lo que hacen...?)
También hay un refrán: "nunca llueve a gusto de todos"; éste contado por mi padre alguna que otra vez, porque a cosa de un kilómetro de la Casa del Madroñal se hallaba la antigua tejera de José Navarro, ya demolida. Dicho refrán, que yo he memorizado y a continuación doy su significado, tiene la siguiente explicación:
Érase un padre que tenía dos hijas en un pueblo vecino: una casada con un labrador y la otra con un tejero. Nuestro hombre, cierto día, decidió ir a hacerles una visita. Cogió su caballo y primero se dirigió a la del labrador, que tras preguntar por la salud y cómo iban las cosas por casa, aquella pobre mujer añadió muy preocupada: padre, si no llueve pronto, ya se nos pierde la cosecha de trigo y cebada; lo perdemos todo, con tantos días de trabajo... Después, nuestro hombre se marchó a casa de su otra hija, la del tejero, que tras saludos y besos a sus nietos, preguntó a su hija cómo iban las cosas por casa. Ésta, con acento de preocupación, respondió: padre, si llueve pronto perdemos muchos días de trabajo; mire cómo tenemos los secaderos de tejas y ladrillos, y montones de arcilla, que si se moja, no se puede moler; lo perdemos todo, padre.
De modo que el ejemplo está claro, que nunca llueve a gusto de todos.
 

DIRECTOR: Antonio Marin.
REDACTOR JEFE: Claudio Caballero.
DISEÑO Y MAQUETACIÓN: Miguel Marin.
FOTOGRAFÍA: Fernando Galindo, A. García, Antonio B. Ayala.
PUBLICIDAD: EXPUBLIS.
REDACCIÓN: Mª Luisa Ortiz, A. Marin Jr., Marta Semitiel.
DEPORTES: Antonio J. Salmerón, José Balsalobre.
COLUMNISTAS: Joaquín Sánchez, Bartolomé Marcos, Miguel Lucas, E. López Pascual, José Turpín Saorín, Manolo García.
REDACCIÓN Y OFICINAS: C/ Escultor M. Carillo García, 10 bajo. Telf 968 45 58 02.
EDITA: EL MIRADOR DE CIEZA S. L.
E-mail: redaccion@elmiradordecieza.com