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En los tiempos que corren, oscuros, siniestros y de inciertas expectativas, hay espacios para la esperanza. En su mayor parte, están representados por los otros, por las personas que en nuestro entorno más cercano, el trabajo, la familia, los vecinos… constituyen eso que se llama nuestro prójimo, el factor humano más próximo a cada uno de nosotros. En líneas generales, los otros son buena gente, muy buena gente. Si no, párense un momento a pensarlo. ¿Quién hay verdaderamente malo a nuestro lado?.
Los últimos meses y semanas han sido propicios para la resucitación de los temores milenaristas, en el contexto ingrato y hosco de los azarosos primeros años del siglo XXI. Sin embargo, como probablemente ocurriera en otras épocas de crisis acusada y sombríos horizontes, los otros, el prójimo, los más cercanos, la buena gente, siguen ahí, a nuestro lado, cotidianamente y, lejos de cualesquiera otras consideraciones más o menos trascendentes, ellos y ellas son lo importante y lo que todavía sigue teniendo sentido.
Por eso, iniciativas aparentemente tan infantiles, tan fútiles como la del amigo o la amiga invisible, que se organizan con frecuencia en los centros de trabajo en estas fechas navideñas, tienen una honda significación y suponen una aportación profunda para tejer el entramado delicado y sutil de la convivencia, un tejido que debe tejerse desde la célula más pequeña y que debe crecer desde allí todo lo que sea posible. Nos hace aparcar la tosquedad y desfruncir el ceño, trocando las muecas en sonrisas. En su domesticidad, en su ingenuidad, en su candor, en su infantilidad (que no infantilismo), propuestas como la del amigo o la amiga invisible guían nuestra mirada hacia los demás, hacia una persona concreta de entre los demás, a la que se trata de hacerle la vida agradable durante unas semanas… con misivas, con pequeños regalos, con mensajes misteriosos, con bromas siempre bienintencionadas. Desde el más riguroso anonimato, desde el desprendimiento y la generosidad más absolutas, porque no se regala a quien te regala, porque no se agasaja a quien te agasaja a ti, porque no se espera nada de aquella persona en la que se piensa durante el tiempo que dura el juego, ya que tu amigo o amiga invisible es otro distinto a aquel o aquella a quien tú debes agasajar.
Encomiable filosofía de la vida la que subyace detrás del amigo o la amiga invisible, una filosofía que debería exportarse y generalizarse y hacerse guía de conducta durante todos los días del año… y durante todos los años de la vida, eso sí, al margen de regalos, porque no está la economía para muchos dispendios, pero sí con la palabra amable, el detalle mínimo que incrementa la autoestima, la constatación explícita de que el otro existe, de que está ahí mismo, a tu lado, de que es una persona como tú, que siente, vive, sufre, llora y ama, y que es seguramente muy buena gente. No hace falta salvar al mundo. Basta con mirar alrededor, mirarnos los unos a los otros y reconocernos los unos en los otros. Si hacemos feliz al más cercano, cambiamos también el mundo. Y eso sí está en nuestra mano. La pena es que los amigos son demasiadas veces invisibles de verdad y no se manifiestan.
No sé si le va a parecer bien o mal a ella, pero no me resisto a incluir en este breve comentario la fotografía de alguien que ha tenido su amigo invisible durante estas fechas previas a la Navidad en su centro de trabajo, el IES "Diego Tortosa". Es profesora de Inglés en el Instituto, se llama Celina Fernández Cabadas, y -sin entrar a considerar virtudes profesionales-, Celina es, desde el punto de vista puramente humano, ejemplo cotidiano de delicadeza, sensibilidad y finura. En pose circunstancial e improvisada, así lucía Celina en esta estampa navideña de felicidad, belén al fondo, tras recibir el magnífico ramo de rosas con el que la obsequió su amigo invisible. Es sólo un ejemplo de lo fácil y bonito que puede ser hacer felices a los demás, siquiera sea por un rato. Collige virgo rosas y amén para siempre jamás. Ding, dong, dang… ding, dong, dang… Blanca Navidad… |